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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Lo son

“Todo es de una palidez cadavérica que tira para atrás. No son tiempos”, nos dijeron princesas y reinas. Pues lo son. Los son para hacer lo que más te gusta, sin rendir cuentas a emperadores o peces espada. Lo son para que unos amigos editen tres libros estupendos que no se imprimen en China. Y es que la República Popular pilla lejos; nuestros libros, cerca. Es cosa de buscarlos. Y es que, amigos lectores, todo lo bueno requiere cierto esfuerzo.

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Seis eran seis, los editores/escritores/ilustradores sinPretensiones que se explican como un libro abierto (nunca mejor dicho) en el blog de i con i.

jueves, 10 de febrero de 2011

Baja de ahí

El verano ya había terminado. Cuando digo había terminado, quiero decir que faltaban cuatro días para la llegada del otoño, para el 21 de septiembre.
La tarde era buena, los niños ya habían salido de la escuela; las madres, de su casa y un polluelo también había salido de un huevo con pintas grises.
El parque estaba lleno de niños, de niñas. ¿Qué cuántos niños y niñas? Cincuenta y seis.
También había madres y padres. ¿Qué cuántos niños y niñas? Cincuenta y seis. Ya lo he dicho antes.
Una de aquellas madres estaba sentada en un banco. Nadie más en aquel banco de patas de hierro fundido. Una pierna cruzada sobre la otra. La madre leía un libro y de reojo miraba lo que hacía su hijo.
La madre leía y el niño jugaba. ¿A la pelota? No. El niño intentaba encaramarse a una farola.
El niño abrazó el mástil de la farola, se enganchó a ella y comenzó a trepar. Lo había visto en un documental de la tele: unos niños del Tercer Mundo subían por un árbol sin fin buscando algo de futuro.
-Baja de ahí. Si te caes te vas a hacer daño –le advirtió su madre.
Pero el niño no bajó.
Al niño le faltaba un palmo para llegar a la cima de la farola. ¿Y ahora qué? ¿Seguía trepando, bajaba? ¿Se quedaba a vivir allí?
Cuando la madre volvió a repetir: “baja de ahí”, la señora tuvo que alzar la cabeza.
-¿Quieres hacer el favor de bajar? –le reprendió. Sólo le reprendió. Pero siguió leyendo.
El niño ya no estaba en la farola, se agarró a una rama y se encaramó a un árbol próximo. Avanzó por la rama y llegó al tronco. Siguió trepando.
-¡Baja de ahí! –repitió la madre, sin apartar la vista de la página ochenta y dos.
Las cosas vistas desde arriba cambian: las mamás son menos mamás los niños son puntos diminutos, las hormigas ni se ven.
Sólo se escuchaba el rumor de los ángeles cuando el niño trepaba por el lateral de aquella nube con forma de oso de peluche.
-¡Mamá, sube! –gritó el niño desde lo alto de la nube, con los pies colgando.
La madre pasó de página y siguió leyendo:
"Una vez despegada la etiqueta de reenvío, pude ver un matasellos ilegible. Dentro del sobre venían un cheque por valor de cien mil yens, un papel con el nombre de la mujer y su dirección, y la fotografía en blanco y negro de un rebaño de carneros."
"Pero ¿dónde se habrá metido este carnero, quiero decir este hijo?", se preguntó y siguió leyendo como si tal cosa. El niño ya, casi, estaba en el cielo. Azul.

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"Baja de ahí" es un cuento inédito de Daniel Nesquens.
(...o eso creemos...)

jueves, 9 de diciembre de 2010

Texto inédito

Buceando en la red, gracias a las indicaciones de nuestra amiga Laura, hemos descubierto un texto inédito del Nesquens del 2005. Estaba en inglés y me he permitido traducirlo. Espero haberlo hecho bien.

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NIEVE

Agua helada que se desprende de las nubes en pequeños copos blancos.
Otra definición: Capa blanca (Silvia).

Jorge tenía que escribir una redacción sobre la nieve. Sabía que la tenía que hacer casi perfecta, su profesor era muy exigente. Además, se jugaba el aprobado.

Cada alumno tenía que desarrollar un asunto diferente. A su amiga Claudia le había correspondido las flores; a su amigo Raúl, los perros; a su amigo Jon, la música clásica; y a él, la nieve.

Jorge no sabía muy bien cómo empezar. Bajó su cabeza, miró al suelo y pensó qué escribir de la nieve. Tomó el bolígrafo y empezó a escribir:

La nieve es blanca, menos en África que es de otro color más oscuro. La nieve no sabe leer ni escribir y menos multiplicar. Ponerle a la nieve un ejercicio tan sencillo como: (2+3+6-9) x 7= , es algo tan inútil como pretender que mi hermana haga galletas sin que se le quemen (Aquí dudó si poner un punto y aparte o no).

A la nieve le gusta mucho los picos de las montañas. Cuanto más altos, mejor. Le encanta cubrirlos y esconder todo cuanto hay sobre ellos. A la nieve no le gusta el deporte del esquí, prefiere la hípica. Tampoco le gusta el verano, el sol le molesta. Si tuviera que ir a la playa se llevaría una sombrilla. La nieve se emplea mucho para hacer comparaciones: Más blanco que la leche y muchas más. Y termino con refrán de mi abuelo Lucas: “año de nieves, año de bienes”.

Jorge levantó el bolígrafo del papel y leyó satisfecho su redacción. Se frotó las manos y salió de su habitación.

martes, 23 de noviembre de 2010

Rhythm stick

Nos cuenta un amigo oscense de Nesquens que en la pasada feria del libro de Huesca se le acercó un tipo algo mayor, pelo blanco, un arete en una de las orejas, camisa de cuadros abierta. Cojeaba y se apoyaba en un bastón de madera.
Se acercó a la caseta de la librería Anónima, miró alguno de los libros, cogió uno, se puso unas gafas no muy llamativas, pasó algunas páginas, lo cerró, sopesó la portada.
"The man with the revolving hair", leyó.
"¿Quién es Nesquens?", preguntó en un mal español.
"Un escritor", contestó el propio autor.
El extranjero sacó un billete de diez euros de su cartera y pagó.
"¿Quiere una bolsa?", le preguntó el librero.
El tipo negó con la cabeza.
"¿Quiere que se lo firme el autor? Es él", dijo el librero.
"Of course", dijo el tipo. Y añadió: "Me llamo Ian".
"For mister Dury and his rhythm stick", escribió el autor, sin levantar la cabeza.
El tipo leyó la dedicatoria y sonrió. Tomó dos libros más, miró su cartera y preguntó si podía pagar con American Express.
"Claro, cómo no", contestó el librero.



martes, 9 de noviembre de 2010

Los vecinos de Nesquens

“Casualmente, mi vecino de arriba se llama Miguel Hernández. Casualmente, mi vecino de abajo, también. No sé en qué año nacieron. Ambos están muy mayores. Pero vivos. Cuando subo con ellos en el ascensor es como si no existiese. Se miran y comienzan un diálogo que nunca me atrevo a interrumpir. «Es la casa un palomar y la cama un jazminero», dice uno. «Las puertas de par en par y en el fondo el mundo entero», añade el otro”.

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Daniel Nesquens, para un libro sobre Miguel Hernández editado por la SECC.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Hecho a mano



En el blog de Antón Castro nos hemos encontrado con este texto que Nesquens ha redactado como "introducción" a la exposición de ilustradores aragoneses que se puede visitar hasta el 13 de noviembre en la Biblioteca de Aragón (Zaragoza).

Sin más preámbulos, les dejamos con el texto.

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“Sólo lo difícil es estimulante”, José Lezama Lima.

“Es preciso inspeccionar el sitio, rumiarlo, producir un esquema, valorarlo, ponderar su méritos, un bosquejo tras otro, dejar de lado lo insatisfecho, forcejear con él, incubar nuevos planes, consultar otros, sudar… hasta que la solución emerge de entre un montón de alternativas”, Jörg Schlaich, ingeniero estructural alemán.

Sinceramente desconocía lo cerca que discurren las disciplinas de diseñar puentes y la de ilustrar textos.

Hace algunos años escribí un libro (todavía está en los estantes de las librerías) en el que reunía varios relatos sobre bichos. Ya saben: un bestiario. Abrías las páginas y aparecían que si pájaros de alas bicolores, que si mamíferos de colas peludas, que si reptiles terrestres que desaparecen al atardecer, que si animales que viven en el bosque, o en la selva tropical, o debajo de un puente diseñado bajo la pureza estricta de la celosía Warren. El libro era de muchas páginas, así que me tomé la licencia de inventarme alguna nueva especie en el reino animal. El Ilustrador era una de aquellas insólitas especies que poblaban las páginas del bestiario.

No recuerdo exactamente lo que escribí sobre ese bicho inédito, pero algo así como: El ilustrador respira por los pulmones, incluso a fin de mes. Tiene forma humana y puede ser macho o hembra. El ilustrador macho se diferencia de la hembra por la última letra del sustantivo que les designa semánticamente, por los pelos, y por las manchas: no hay más que verle las manos llenas de salpicaduras de tinta. Si ese día el Ilustrador lleva guantes fíjese en el bigote, o en la barba, o en el sombrero de fieltro de ala corta.

Por desgracia, mi memoria es corta, como el ala del pájaro sombrero, y no recuerdo muy bien qué más escribí. Tal vez que al Ilustrador –ya sea macho o hembra- le gusta hacer su nido en unifamiliares con un pequeño jardín en el que plantar tomates cherry, o pimientos boney-m, pero como el sueldo es el que es, se tiene que conformar con hacer su nido a base de ramas que va entrelazando con una habilidad que ni el mismísimo pájaro tejedor.

Seguro que escribí que su “adversario” por antonomasia, o por Antonio Masia, es el editor. Ya saben: ese sujeto de pompa festiva, feudal, que viste de negro y que se encarga de contratar sus servicios a coste reducido; esa persona que se suele marchar de vacaciones mientras que el ilustrador se queda en su nido, avanzando en las ilustraciones que tiene que estar terminadas antes del día 20.

Igual incluso anoté que el ilustrador es un buen delantero y sabe ganar la espalda de los textos que recibe del escritor, dejando a éste con un palmo de narices. Hago memoria y creo recordar que reivindicaba un día mundial para la protección del Ilustrador. No me pregunten si señalé un mes concreto. Ah, sí: y que el ilustrador más que dar respuestas lo que hace es despejar dudas.

Muy pronto se va a celebrar el décimo aniversario de ese bestiario. En esta (casi) decena de años he tenido la suerte de conocer a bastantes de estos creadores. He tratado con ilustradores/as altos/as, bajos/as, gordos/as, flacos/as, morenos, rubias, narigones, rigurosos, disciplinadas, lentos, rápidas, desgarbados, atrevidas, laberínticos, geométricas, reflexivos, trasgresoras, continuistas, de exquisita mirada, de respiración contenida, de estilo definido, de trazo limpio, de formas despojadas, cómplices, solemnes, detallistas… Todos orgullosos de su trabajo.

Salgo de estas líneas. Cierro los ojos. Ya no veo las sílabas. Se va desplegando en mi imaginación lo que no está dicho con palabras, lo que está representado con imágenes, lo que usted va a contemplar aquí. A menos de dos pasos. Uno y dos. Chocolate inglés.

DANIEL NESQUENS